
Por Dr. Luis Valli
Para empezar, primero definamos qué es una familia: única organización social que integra el hombre, formado por el padre, la madre (jefes de familia) e hijos. ¡Molto vene!. Luego, definamos qué son las adicciones: hábito de consumir; liderado por las drogas, el alcohol, el cigarrillo, y por qué no, violencia, delincuencia, corrupción, violaciones, TV, Internet obsceno, etc. etc.

Ahora bien, por qué confrontar adicciones y familia. ¿Tiene algo que ver una cosa con la otra?. Seguro que sÃ. ¿Por qué?. Para ello debemos reflexionar y retrotraernos unos veinte años y pensar en cómo la situación económica catastrófica de paÃses subdesarrollados, como el nuestro, produjo una devastación en la organización familiar produciendo, por ejemplo, enfrentamientos y separaciones conyugales, suicidios de los jefes de familia, enfrentamientos y rupturas de lazos paternales y/o fraternales, etc. llevando a la familia a englobar dentro de su seno la pérdida del vÃnculo más viejo e importante: el amor familiar y, por ende, la desmoralización del grupo, la pérdida de objetivos comunes, la desconfianza, la falta de respeto, etc. Etc.
Al romperse el núcleo familiar (?a rÃo revuelto ganancia de pescadores?, dice el refrán), las adicciones comenzaron, o mejor dicho, aprovechando la desorganización familiar, continuaron inmiscuyéndose dentro de la misma, sin ningún tipo de tapujos, llevándola al cadalso social. Por lo tanto, estoy totalmente seguro que restaurando nuevamente la organización familiar podremos volver a poner en su lugar a estos ?famosas? (por asà llamarlas) adicciones.
¿DifÃcil?. Quizás sÃ, pero no imposible... Solamente comencemos mirando hacia arriba, sà señor, sà señora, allà reside, desde siempre, quien nos creó: Dios. Pidámosle ayuda. Él no se olvidó de nosotros, fuimos nosotros quienes nos alejamos de Él.
Volvamos al ?viejo hogar? y rescatemos aquello que perdimos: el amor familiar. ¿Y cuál es el ?viejo hogar??, la casa de Dios. Está y estuvo siempre en el mismo lugar; seguramente frÃa y húmeda, esperando ser habitada... Y está muy cerca de nosotros, mejor dicho, dentro de nosotros, en nuestro corazón.
Con Dios, en su ?viejo hogar?, le haremos frente al flagelo perverso de las adicciones.
Volvamos a sembrar el amor en el corazón de nuestros hijos, como seguramente lo hicieron nuestros padres, y que el trajinar de esta vida nos hizo olvidar de cultivar. Las adicciones son el ejemplo del mal contra él, debemos luchar. Y hay que hacerlo en familia.
La familia es la más importante ley de Dios. El mal se ocupó, en este tiempo, de desestabilizarla, desmoronándola y devastándola, engendrando asà su ?carroña?... En nosotros está la salvación de nuestra familia...
Señor, señora, usted es padre y madre. Defienda su familia del mal, alimente y enseñe a sus hijos el amor familiar; dejemos de lado ?lo material? que nos da, solamente, satisfacciones materiales. No da sabidurÃa, salud, amor... porque no se puede comprar ni vender.
Solamente se dan.
La familia es el arma contra las adicciones. Sólo ella, porque es la unión de los que creemos en Dios, sea cual fuere nuestra religión. Todos rezamos u oramos mirando hacia arriba y con una mano en el corazón.
Querida familia, hoy, las adicciones se apoderan de nuestros hijos destruyendo su inteligencia (sabidurÃa), su salud, quitándoles su vida (amor), creándoles ?bienestar? ficticio, irreal, que los ?sanará? de todos sus problemas y los alejará del ?mal? que los aqueja.
Digámosle que ?NO?. Que no es asÃ. Ni lo será.
Padres, busquemos a nuestros hijos. Hijos, busquen a sus padres. Volvamos a formar esa ?mesa familiar?, sin discusiones, sin intermediarios (TV, computadoras, alcohol, drogas, etc.) con todo el amor que llevamos en nuestro corazón (viejo ?Hogar de Dios?) y seguramente el mal y sus adicciones regresarán a ?su lugar?, aquel que Jesús les concedió con su resurrección: el averno. Que asà sea.
